Última llamada

11 07 2011

Esteban abrió el refrigerador buscando algo para comer aunque no tenía hambre. Estaba oscureciendo y él aún no había comido, su reloj biológico llevaba varias semanas desfasado, pero se sentía bien. Sin embargo, sabía que necesitaba comer algo antes de que los mareos empezaran otra vez. Imaginaba que así era como se sentían las mujeres en los primeros meses del embarazo pero obviamente no tenía forma de saberlo con seguridad, y tampoco le interesaba realmente, solo era un pensamiento que cruzaba su mente al sentir la náusea justo detrás de sus ojos, la resequedad en la garganta, la pesadez  en el estómago y un deseo intenso, casi una necesidad, de rasgarse la piel de la cara con las uñas. No creía que las embarazadas sintieran todos esos síntomas, solo la náusea, pero ese era el pensamiento que llegaba a él, invariablemente, en esos momentos. Pero no ahora que la náusea parecía haberse ido definitivamente. La última vez que la sintió fue más de tres semanas antes, y no pensaba dejarla volver, por eso aunque no tuviera hambre estaba buscando en el refrigerador algo para comer, porque sabía que si pasaba mucho tiempo sin consumir nada era más probable que llegaran los mareos, y con ellos la náusea, y luego los demás síntomas.

Se decidió por un yoghurt de mango y un vaso de leche, pero pensó que eran demasiados lácteos y cambió la leche por café frío preparado la noche anterior. Se sentó en el sofá y prendió la tele para ver si había algo interesante, la apagó un par de minutos después al no encontrar nada bueno. No tenía ganas de nada realmente. Su yoghurt ya había caducado. Lo comió en silencio observando la pared. Su mente trataba de regresar una y otra vez a lo que pasó casi un mes antes pero él lo evitaba distrayéndose, pensando en estupideces. Encontraba en la pared blanca un colorido que no existía, se concentraba en las sombras que se proyectaban en cada agujero. No se dio cuenta de que estaba llorando hasta que sintió en sus labios el sabor salado de una lágrima.

 

En su sueño estaba en un valle blanco. Parecía estar cubierto de nieve pero no era así. Esteban caminaba por el valle buscando a alguien, cualquier persona, incluso se conformaría con encontrarse un animal, lo que fuera, pero no había nada, solo la blancura que lo rodeaba. El horizonte se distinguía como una línea sinuosa marcando montañas a lo lejos, pero no había diferencia entre la tierra y el cielo, ambos eran manchas blancas infinitas, aunque eso no tenía sentido porque en algún punto uno terminaba y empezaba el otro, pero no importaba, él sabía que eran infinitas porque estaba en un sueño y ahí esas cosas son perfectamente posibles. Quería despertar y al mismo tiempo le aterraba la idea. Siguió caminando, gritando para que alguien le respondiera, pero ni siquiera el eco lo hacía.

 

Al despertar fue hacia el teléfono. Una luz parpadeaba y en la pantalla un mensaje indicaba que tenía cuatro llamadas sin contestar. Más de tres semanas y solo había cuatro llamadas, y todas eran del mismo número, el día anterior lo había revisado. Tomó el teléfono por primera vez en todo ese tiempo e hizo una llamada a ese número.

 

Sentado frente a la puerta y jugando con un largo pedazo de cuerda que tenía en la mano se quedó otra vez observando la pared. El olor era asqueroso pero ya no le molestaba, ya nada le importaba. Se sentía totalmente en paz. Y cuando su mente trató de regresar a los eventos de hace casi un mes él ya no intentó evitarlo; al contrario, puso mayor atención, dejó de distraerse con la pared, dejó en paz la cuerda en sus manos y recordó. Se vio llegando a esta misma casa en la que había estado encerrado las últimas semanas, abriendo la puerta con las llaves que se le cayeron a la anciana el día anterior. Fue más atrás, se vio el día anterior a su llegada, vio el momento en que la anciana dejaba olvidado un monedero que él recogió momentos después, se observó abriendo ese monedero y viendo que tenía una llave, recordó que en ese preciso momento decidió que no devolvería el monedero, y siguió a la anciana hasta esa casa. La vio llegando y buscando el monedero con la llave, al no encontrarlo fue con su vecino para pedirle la copia de emergencia y así pudo entrar. Volvió a sentir la emoción del momento en que supo lo que haría al día siguiente, y los nervios que lo oprimieron poco después y trajeron su último ataque de náuseas. Regresó una vez más al instante preciso en que, habiendo entrado a la casa de la anciana (¡fue tan fácil! ¿quién hubiera imaginado que todo sería tan fácil?) le puso una mano sobre la boca, empujando de regreso al grito que había estado a punto de salir. Sintió la piel reseca y caída de ese cuello delgado mientras lo presionaba con su mano libre, arrastrándola hacia la pared. Los golpes y patadas frenéticos de la anciana, como si pensara que podía evitar lo que ya estaba ocurriendo. Pensó en la imagen que deben haber creado, la pequeña figura de la víctima retorciéndose mientras esta masa enorme le exprime la vida, figura efímera cuando la vida está tan dispuesta a abandonar un cuerpo ya gastado y el depredador parece hacerse más fuerte con cada gesto inútil de defensa de la víctima. Los ojos a punto brincar de sus órbitas cuando el cuerpo deja de resistirse y se convierte en un muñeco de trapo. La satisfacción al haber terminado lo que no estaba seguro de atreverse a hacer. La risa inesperada que no pudo contener al pensar que antes de ese momento la anciana no era más que una persona anónima que él había visto por la calle algunas veces sin prestarle atención, casi siempre iba sola pero muy de vez en cuando iba con un tipo que seguramente era su hijo. Ahora esta mujer desconocida se había vuelto, sin quererlo, una de las personas más importantes en su vida, aunque él seguía sin saber su nombre. Todo eso lo recordó Esteban en esos momentos, con la vista vacía y fija en la pared blanca. Después del asesinato puso el cadáver en el rincón de un cuarto y lo envolvió con ropa sucia. Y durante más de tres semanas había estado encerrado en esa casa, hasta este momento. Las náuseas no habían aparecido en todo ese tiempo.

Siguió jugando con el pedazo de cuerda en sus manos. Volteó hacia la puerta cuando escuchó pasos que se acercaban.

 

Cuando la policía forzó la entrada de la casa se escuchó un disparo. Al entrar se encontraron con el cuerpo agonizante de un hombre de unos cuarenta años, aproximadamente 1.95 m. de estatura, que parecía haber sido robusto pero tenía signos de malnutrición reciente. Su cabeza estaba cubierta de sangre por una herida de bala y una de sus piernas todavía tenía espasmos. Junto a su mano estaba un pedazo de cuerda. Otro pedazo más largo de la misma cuerda había sido usado para hacer un mecanismo innecesariamente complicado que unía una pistola a la puerta de entrada de la casa, de forma que al abrir la puerta se jalara el gatillo. Esta pistola fue la que mató al hombre. A unos metros de este primer cadáver estaba otro, una mujer de unos setenta años en avanzado estado de descomposición. Presumiblemente esta era la madre de la persona que les llamó.

 

El teléfono de Edmundo sonó en la madrugada. El identificador de llamadas le decía que era su madre. Él la había llamado varias veces (bueno, como tres veces en realidad) y al no tener respuesta había pensado ir a verla para asegurarse de que todo estuviera bien, pero no había tenido tiempo. Ahora al recibir una llamada de ella a estas horas se alarmó, y aún más cuando al contestar escuchó, no la voz de ella, sino la de un hombre que decía haber matado a la mujer que vivía en esa casa. Inmediatamente llamó a la policía y luego fue a casa de su madre. Varios agentes ya estaban ahí y no lo dejaron entrar hasta que hubieran cubierto los cadáveres. Cuando entró estuvo a punto de vomitar por el olor, y no se le quitaron las náuseas en todo el día. Vio un envase de yoghurt tirado en el suelo y supo que su madre lo había comprado para cuando él fuera a visitarla, sabía que en el refrigerador también habría leche de la que ella compraba para sus nietos. No recordaba cuándo fue la última vez que la visitó.

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