I
Desde que decidió empezar a hacer ejercicio se ha sentido mucho mejor que en todos los años que estuvo moviéndose como en cámara lenta. Hace un par de meses no lo hubiera creído; estaba convencido de que su cuerpo simplemente no estaba hecho para ejercitarse. No era algo que lo avergonzara: a algunas personas sus cuerpos prácticamente les imploraban el ejercicio y no podían evitarlo, pero había otros, como él, que estaban negados para cualquier actividad que implicara movimiento. Incluso había veces que se cansaba de masticar mientras comía. Tal vez ese cansancio fue lo que le impidió convertirse en un obeso mórbido, pero no evitaba que se sintiera cada vez más “redondeadito”, y eso no le gustaba. Fue entonces cuando alguien en la oficina mencionó ese dato que le pareció tan curioso, y se le quedó en la mente: “Cada vez que subes un escalón le aumentas cinco segundos a tu vida”. Al principio le sonó como una estupidez new age, pero eso no impidió que la frase se le quedara pegada en el cerebro, justo en ese pedacito donde los pensamientos se quedan atorados y asoman la cabeza en los momentos más inoportunos. Cuando estaba sentado frente a su computadora la frasecilla aparecía de la nada, y él se quedaba pensando en los segundos que se le estaban yendo de las manos , y el número de escalones que tendría que subir para recuperarlos. Si estaba sentado cómodamente en el sillón de su departamento con los ojos pegados a la televisión la estúpida frase volvía a sonar en su cabeza y él pensaba en los segundos que estaba desperdiciando, se preguntaba si valía la pena darle ese tiempo a un estúpido programa de concursos en el que él no era un concursante, y terminaba apagándola malhumorado. El día que la maldita frase empezó a molestarlo cuando estaba en el lugar más sagrado de su casa supo que tenía que hacer algo al respecto. No se puede esperar que un hombre viva tranquilo si hay algo que no lo deja ni siquiera cagar en paz. Por eso decidió ponerse a hacer ejercicio, de preferencia algo relacionado con subir escalones, para poder aumentar su tiempo de vida. Ahora, a solo un mes y medio de haber empezado, el cambio era evidente (bueno, al menos era evidente para él; no se veía más delgado pero ya no se sentía redondo, nadie le había dicho que se veía mejor pero él definitivamente se sentía mejor). Y lo que más lo alegraba era saber que estaba haciendo algo para aumentar su tiempo de vida. Le daban ganas de contar los escalones que subía diariamente y multiplicarlos por cinco, para calcular los segundos que se estaba ganando, pero se dio cuenta de que eso hubiera sido enfermizamente exagerado. Sería mejor seguir ejercitándose y disfrutar al mayoreo todos esos segundos que se estaba ganando.
II
En el cuarto de hilado la rueca no se detiene, y las manos de la pobre Cloto nunca descansan. Sus hermanas están siempre tan ocupadas como ella, así que no puede pedirles ayuda. Además, aunque pudiera, eso es algo que nunca se le ocurriría. Cada una tiene su tarea y se encarga de realizarla siempre sin quejarse, porque sus labores no son únicamente lo que ellas hacen, sino lo que ellas son. La rueca, la vara de medir, las tijeras; no son solo sus herramientas; son parte de ellas, la parte que las define y sin la que no serían nada. Aunque de todos modos, ya hay muchos que piensan que ellas no son nada. ¿Y acaso puede culparlos? No piensan de la misma forma que hace miles de años. O que hace décadas. Aunque tal vez eso es solamente lo que ellos creen, porque durante toda su existencia han sido siempre iguales ante los ojos de Cloto: un hilo por aquí, otro hilo más largo por allá, aquel es solo una pieza que no serviría ni para ensartar la aguja. Como sea, ellos ya no creen que las tres hermanas sean importantes. Ya ni siquiera las embarazadas se acuerdan de ella. Alguien más sensible consideraría eso como una ingratitud que debe ser castigada, pero Cloto tiene cosas más importantes qué hacer; su rueca es la cadena que lleva con gusto y no la deja distraerse con pensamientos de justicia y castigo; si acaso eso se lo deja a su hermana Átropos. La pobre Átropos, siempre tan callada; si no la conociera pensaría que está molesta. Pero sabe, con esa certeza que solo tienen los seres que aún estando separados siguen siendo parte de la misma unidad, que Átropos simplemente es así, desapegada; tiene que serlo porque su tarea es la más difícil de las tres. Y últimamente (y con últimamente me refiero a los últimos cientos de años; el tiempo para las tres Moiras es distinto del nuestro) las tres han sido afectadas por la actitud de los humanos. Sí, ya, lo acepta; aunque trate de convencerse de que sus labores no les dan oportunidad de pensar en asuntos mundanos la realidad es que sí las afecta, especialmente a Átropos. No es solo que les estén dando más trabajo del que es necesario; no les molesta el trabajo extra, ellas son lo que hacen. Lo que les duele es que esos ingratos traten de restarles importancia, que crean tener el control que les corresponde a ellas.
-El control sigue siendo tan nuestro como siempre, y así seguirá, Cloto.
Es Láquesis, con su voz carente de expresión. Cada una de las tres hermanas sabe, hasta cierto punto, lo que piensan las otras dos, por eso no necesitan hablar entre ellas. Sin embargo, a Clotos le gusta hacerlo. No puede ponerse a platicar con la silenciosa Átropos, a menos que quiera hacer un soliloquio y enfrentarse a una mirada vacía, porque Átropos detesta hablar. Así que debe conformarse con Láquesis, a quien le da lo mismo hablar que mantenerse callada. Lo que hacen no se puede llamar realmente un diálogo, más bien es algo parecido a cuando una persona habla sola (no como los locos, más bien como quienes hablan consigo mismos para aclarar sus pensamientos… si es que hay alguna diferencia entre estos y aquellos). Generalmente es Clotos quien debe iniciar estos intercambios, y el hecho de que esta vez Láquesis haya sido la primera en hablar se debe solo a que la hiladora estaba demasiado perdida en sus propios pensamientos.
-Aún estás perdida en tus pensamientos, Cloto, y descuidas tus labores.
Cloto odia que su hermana tenga razón. Especialmente porque siempre la tiene. Bien, a seguir hilando. Pero si Láquesis quiere hablar, Cloto no va a desperdiciar la oportunidad.
-¿Realmente crees que seguimos teniendo el control, hermana? ¿Crees que nuestros hilos siguen teniendo influencia sobre ellos?
-Nunca dije que tuviéramos el control. Y en cuanto a la influencia de nuestros hilos, solamente observa lo que pasa cuando Átropos corta uno, y tendrás la respuesta.
-Sí, entiendo eso Láquesis. A lo que me refiero es… ¿cómo explicarlo…?
-No sabes si ellos lo siguen creyendo. Te preocupa que nos hayamos vuelto simples leyendas y ellos piensen que tienen el control de su vida. Especialmente te molesta que afecten la longitud de sus hilos, haciendo sus vidas más largas, y tú no puedas hacer nada para evitarlo.
Sí, siempre tiene razón, la maldita. Cloto imagina que los pensamientos de su hermana son tan precisos como su vara de medir. Y no se imagina que exista algo con más precisión que esa vara.
-Oh hermana– responde Cloto; su voz llena de inflexiones contrastando con el habla segura de Láquesis — ciertamente eres la plenitud de la sabiduría; me conoces tan bien que no puedo ocultarte nada.
Cloto es la única de las tres Moiras que usa el sarcasmo, aunque a veces le molesta un poco que sus hermanas no sean capaces siquiera de detectarlo. Láquesis solo responde:
-No puedes ocultarme nada porque compartimos la misma mente.
-Bueno, sabes lo que me molesta, lo acabas de decir; te faltaron algunas cosas pero básicamente es eso. Ahora dime lo que tú piensas, quiero oírlo de tu boca y no estar asomándome groseramente a nuestra mente común, porque a diferencia de ti yo valoro la privacidad mental.
-No me molesta que conozcas mis pensamientos, pero estoy familiarizada con tu aprecio por la palabra hablada, así que te responderé oralmente.
Sí, su forma de hablar es detestable, pero al menos dice algo; Átropos solamente la miraría a los ojos durante un momento, luego la ignoraría y seguiría trabajando.
-Pienso que tu reacción es exagerada, Cloto. Nosotras tenemos nuestras labores, las hemos tenido siempre y las seguiremos teniendo hasta que dejemos de existir. No sirve de nada pensar en la opinión de los mortales. Sus destinos están unidos a los nuestros; ellos no lo pueden evitar y nosotras tampoco. Me parece que el problema reside en tu percepción, que te hace creer que nosotras controlamos sus vidas. Al sentir que estamos perdiendo ese control imaginas que desaparece nuestra razón de ser, y los culpas a ellos por querer apoderarse de lo que consideras tu derecho de nacimiento…
-Hablando de nacimiento, ¿ahora quién se supone que es nuestro padre? Me confundí con tantas versiones…
Láquesis ignora la pregunta obviamente maliciosa de Cloto, y continúa su explicación.
-…pero en realidad nuestro derecho, y obligación, es solamente encargarnos de los hilos de la vida. Tú no decides quién tendrá una existencia más larga, solo operas la rueca, y yo mido los hilos. Átropos elige la forma en que morirá cada ser, pero sospecho que también ella está por debajo del destino; no decide su final, sólo les asigna la muerte que les corresponde desde el momento en el que nacen, y corta el hilo de su vida en el instante preciso.
Al escuchar que hablan de ella, Átropos levanta la vista hacia un rayo de luz, que entra por el agujero en la pared que sirve como ventana. Hace mucho tiempo el cuarto de hilado era un lugar enorme y resplandeciente, con largas cortinas siempre abiertas que enmarcaban altas ventanas, colocadas en las nueve paredes, y un domo por donde la luz del sol entraba todo el día y toda la noche. Ahora más bien parece una cueva húmeda en la que apenas tienen espacio para moverse, y la luz que entra por la única abertura (el agujero irregular que Átropos está observando justo ahora) durante todo el día y toda la noche viene de la luna. Lo único que tienen en común ambas versiones del cuarto de hilado es su falta de puertas; las tres hermanas no las necesitan. Tampoco necesitan las altas ventanas, ni las largas cortinas; en realidad no necesitan nada más que sus herramientas. Si el cuarto de hilado aún existe es solo porque les gusta tener un lugar que puedan llamar suyo, donde nadie las moleste mientras trabajan, pero aunque no tuvieran este cuarto lo más probable es que nadie se atrevería a molestarlas de todos modos. En el espacio iluminado por el rayo de luz, las tijeras de Átropos se cierran y una vida acaba. Su rostro se mantiene imperturbable.
-Si el momento de su muerte está decidido desde su nacimiento – pregunta Cloto- ¿eso significa que todo lo que hacen para alargar su vida es inútil?
-No, sus acciones determinan todos los aspectos de su vida, incluyendo la duración. Pero eso es algo que tú ya tienes muy presente, lo has visto en tus hilos y es precisamente lo que te ha puesto a pensar. Asumo que lo planteaste como una pregunta retórica, puesto que ya conoces la respuesta, y lo dices porque te parece ilógico que si algo ha sido determinado de antemano pueda ser influido por acciones tan simples.
-Por eso me encanta hablar contigo, Láquesis; me evitas el trabajo de decir las cosas. He estado pensando hacerte un regalo con toda la saliva que he ahorrado gracias a ti…
-Tal vez lo mejor sea ver un caso específico –continúa la medidora, sin dar ninguna señal de haber escuchado el comentario de su hermana. –Muéstrame el hilo en el que estabas trabajando cuando empezamos esta conversación.
Cloto levanta el hilo hacia el rostro de Láquesis. Ahora están en una escalinata, y un hombre camina apresuradamente hacia ellas sin mirarlas. Conforme él avanza ellas también cambian de lugar sin necesidad de moverse, de forma que la distancia entre el hombre y las tres hermanas se mantiene siempre constante. Átropos no solo ignora al hombre, sino que se apresura a apartar su mirada de él. Al mismo tiempo, en el cuarto de hilado las tres hermanas siguen trabajando; la omnipresencia es una de las ventajas que tiene la inexistencia física. En la escalinata Cloto dice:
-Míralo, corre como si su vida dependiera de ello. ¿Y sabes por qué? ¡Pues porque sabe que realmente su vida depende de ello! Aquí está su hilo,- lo pone en la mano de Láquesis- ahora toma tu vara y mídelo. ¿Ves cómo crece? Con cada paso que da el hilo de su vida se alarga.
-Apenas…
-Sí, no dije que se estuviera alargando mucho, pero tampoco vas a negar que está creciendo.
-No lo niego, hermana. Incluso te diré un detalle: cada vez que él sube un escalón su vida se alarga exactamente cinco segundos.
-¿Exactamente cinco…? No soy experta en eso, tú eres la de las mediciones, pero ¿no es eso algo raro?
-No, en realidad es muy simple. Alguien le dijo “Cada vez que subes un escalón le aumentas cinco segundos a tu vida”. Él lo cree. Ahora eso es cierto para él. Tú sabes muy bien cómo funciona esto de creer realmente en algo. Mientras siga creyéndolo, cada escalón que suba lo hará vivir cinco segundos más.
-Cinco segundos por escalón. ¡Las cosas que se les ocurren! –A Cloto siempre le han parecido muy graciosos; posiblemente sentiría desprecio por ellos si no la divirtieran de vez en cuando.
-Hacen muchas cosas para vivir más tiempo, ¿por qué te molesta?
Cloto observa al hombre continuar su loca carrera; el hilo en las manos de Láquesis se alarga con un ritmo regular. Al llegar a la cima de la escalinata el hilo deja de crecer, mientras el hombre se dirige hacia abajo. Con una sonrisa similar a la de una madre que observa a su hijo durante un juego cuyo sentido ella no entiende, Cloto dice:
-Cuando alguien decide dejar de fumar porque cree que eso lo hará vivir más, durante un tiempo su hilo va alargándose en mi rueca, de la misma forma en que se iba deshaciendo con cada fumada que daba antes de decidirse a dejarlo. Si uno de ellos empieza a hacer ejercicio su hilo crece también. No me causa ningún problema la longitud cambiante de sus hilos; en realidad hace más interesante mi trabajo. Además es algo que siempre ha pasado; durante toda nuestra existencia los humanos siempre han estado haciendo cosas que alargan su vida y otras que la acortan, incluso sin darse cuenta. Pero entonces llega este gordito con sus escalones, alargando su hilo de forma diminuta a cada paso.
El hombre se detiene un momento, se limpia el sudor con una muñequera, ajusta el volumen de la música que escucha con unos audífonos insertados hasta el fondo de sus oídos, mira hacia el horizonte donde el sol está subiendo lentamente, lastimando sus ojos. Las hermanas están en su campo de visión pero él no puede verlas. Aún así siente un escalofrío cuando sus ojos pasan por encima de ellas, lo toma como una señal de que debe seguir su camino, y continúa bajando la escalinata.
-¿Recuerdas cuando, por alguna razón que ya no entiendo, decidimos poner un reloj en el cuarto de hilado?- continúa Cloto -¡Esas condenadas manecillas hacían más escándalo que cualquier trueno de Zeus! Y sabes que no exagero. Cuando él se molesta y lanza una tormenta, el resplandor de sus rayos y el retumbar de sus truenos es bienvenido, al menos rompe la monotonía. Por eso me gusta que hablemos: a veces no puedo soportar el silencio, e incluso tu voz tan molesta me da un respiro. Pero las malditas manecillas, sonando todo el tiempo con su ritmo regular, sin detenerse nunca, tic, toc, tic, toc, tic, toc… ¡Me volvía loca! Por eso lo destrocé.
-Fue Átropos quien rompió ese reloj.
-¡Da lo mismo quién lo haya hecho! Lo que quiero decir es que, cuando alguien se propone comer sanamente, o vivir más relajado, o dejar de pelear con cocodrilos, o lo que sea que hagan para vivir más, el crecer de sus hilos es como un trueno que llega con fuerza y sin avisar. ¡Pero este hilo, y muchos otros iguales, crecen poco a poco, de forma pausada; como el avance de las manecillas, y eso me vuelve loca!
Cloto dirige sus ojos hacia el hombre, que ha terminado de bajar los escalones y está a punto de subir otra vez. Quiere lanzarle una mirada de odio, pero en lugar de eso sus ojos lo observan de forma suplicante, como si con eso esperara impedir su carrera y estabilizar la longitud del hilo en la mano de Láquesis. Él se queda quieto un momento, pero solo para respirar profundamente, y empieza a subir de nuevo. El hilo crece, tic, toc, y los ojos de la hilandera se humedecen.
Láquesis la rodea con sus brazos. Entiende el dolor de su hermana de una forma que solamente Átropos y ella podrían hacerlo. No necesita una explicación, pero sabe que hablar tranquilizaría a Cloto, y está dispuesta a escucharla, así que le pregunta:
-El problema no es el crecimiento de sus hilos, así que dime ¿qué es lo que te molesta en realidad?
Cloto se sorprende ante una pregunta tan directa, luego recuerda que es la única forma en la que su hermana se puede comunicar; la sutileza no es uno de sus puntos fuertes. Y después de pensarlo un momento, responde:
-Huyen de nosotras. No sé por qué lo hacen y no estoy segura de que ellos mismos lo entiendan, lo único evidente es que no quieren saber nada de nosotras. No me digas que es su instinto, eso ya lo sé; siempre han querido prolongar sus vidas, y normalmente lo hacen sin siquiera pensarlo. Pero ahora lo hacen a propósito, siempre tratando de escapar a las tijeras de Átropos. ¿A qué le tienen miedo? ¿Por qué tratan de escapar de lo único que es inevitable? Hubo épocas en las que nos adoraban pero ahora a nosotras dos nos ignoran y parecen creer que nuestra hermana es lo peor que les puede ocurrir. ¿Qué fue lo que pasó, Láquesis? Quiero pensar que se volvieron demasiado sofisticados para creer en nosotras, ahora solo creen en lo que pueden comprobar; y si algo no parece tener sentido (lo que sea que eso signifique) no pueden creerlo. Pero escucha esto: “Cada vez que subes un escalón le aumentas cinco segundos a tu vida”. A ti te parece que eso tenga “sentido”? ¿Por qué cinco segundos exactamente? Si van a asignarle un número al azar, ¿por qué no mejor decir que aumenta nueve segundos, o cuarenta y dos, y así alargar aún más sus vidas?
-Creo que les gusta el número cinco…
-¿No importa el tamaño del escalón?- continúa Cloto; ahora ella es quien ignora a su hermana -¿Y si los suben de dos en dos, van aumentando de a diez segundos, o son siete u ocho segundos a cada paso? ¿Por qué al subir escalones y no al bajarlos?¿Crees que eso tiene sentido? Hay tantas cosas en las que tienen fe, pero no pueden creer que hay tres hermanas cuyos hilos determinan la duración de sus vidas. No creen en nosotras, y aún así nos rehuyen. Mira a Átropos; no dice nada pero sé que esto le duele. No la culpo: saber que te has convertido en lo más detestado por la misma gente que te creó puede destrozar a cualquiera. Y si ellos están convencidos de que morir es lo peor que les pasa en la vida, ¿cómo crees que eso la hace sentir, si su obligación es llevarlos hacia la muerte? Ya ni siquiera se atreve a mirarlos, imagina la culpa que debe sentir. Y mientras tanto ellos siguen subiendo escalones tratando de escapar de sus tijeras. ¡Y lo logran! ¡Es la mayor muestra de desprecio hacia nuestra hermana, y les funciona!
Su voz va aumentando en volumen y tono mientras dice todo esto, pero Átropos no da muestras de estar escuchándola. Cuando Cloto ya no dice nada más Láquesis le da un momento para calmarse mientras observa al hombre, que se ha detenido otra vez a la mitad de la escalinata. El hilo deja de crecer durante varios segundos. El hombre se lleva una mano a los ojos, respira profundamente, se limpia el sudor una vez más, luego sigue subiendo y el hilo vuelve a crecer. Láquesis mira a su hermana a los ojos y le habla con voz calmada.
-Simplemente dejaron de creer en nosotras. No debes preocuparte por eso, hermana; todo el tiempo inventan algo nuevo en qué creer, y dejan atrás lo que consideran que se ha vuelto inútil. Pero aquello que dejan atrás no los deja a ellos. Siempre vamos a estar atadas a quienes nos crearon, y ellos a nosotras. No necesitamos su adoración, tenemos nuestras labores y las seguiremos teniendo siempre. Tampoco necesitamos su cariño. Siempre nos han considerado temibles, e incluso cuando teníamos su adoración esta siempre iba mezclada con temor. Estoy segura de que Átropos entiende eso, y está bien.
-Pero mira cómo ha cambiado. ¿Cuándo fue la última vez que habló con nosotras? Tú estás más cerca de ella, por favor dime ¿qué has visto al asomarte a su mente?
-No lo hago desde hace mucho.
-¿Por qué no? –pregunta Cloto, aunque ya sabe la respuesta, sólo quiere que su hermana lo diga.
-Porque me da miedo –confiesa Láquesis después de un momento –La última vez que estuve ahí no me gustó lo que vi. Era tan…
Cloto espera que su hermana termine el enunciado, es la primera vez en toda su existencia que Láquesis duda de lo que quiere decir. Cuando no soporta más ver esa sombra de confusión en los ojos de su hermana, Cloto dice:
-Tan claro. Entré a su mente cuando apenas estaba empezando a distanciarse de todo. Esperaba encontrarme con algo oscuro, mucha confusión y dudas; eso lo hubiera soportado. Pero en vez de eso llegué al lugar con más claridad que pueda existir. No entiendo cómo Átropos puede seguir existiendo con tanta claridad en la mente.
Las dos hermanas se quedan con la vista perdida, en un trance compartido, mientras recuerdan la insoportable claridad. Átropos se acerca a ellas, arrebata el hilo de las manos de Láquesis, y con un movimiento certero lo corta. A la mitad de la escalinata el hombre cae de rodillas, aprieta su pecho con una mano mientras con la otra intenta sostenerse, pero no resiste y acaba tendido sobre los escalones, sólo un par de pasos más arriba de donde Láquesis lo vio detenerse la última vez. Átropos regresa a su lugar y sigue cortando otros hilos. Sus hermanas se miran una a la otra, arrancadas de su trance. Al perder la concentración desaparece el lugar en donde estaban y se encuentran de nuevo en el cuarto de hilado, de donde nunca han salido. Las dos observan a Átropos, que sigue sin prestarles atención; ellas no lo ven pero en su rostro, sólo por un instante, aparece la sombra de una sonrisa. Luego su expresión vuelve a ser tan vacía como siempre.
-Creo que ella está bien después de todo –dice Cloto cuando por fin logra salir totalmente del trance.
Láquesis asiente, recuperando su máscara de severidad, y continúa trabajando como si nada hubiera pasado. Pensándolo bien, en realidad nada pasó.
III
En la escalinata una mujer le explica a los paramédicos que no conoce al hombre muerto junto a ella. Lo ha visto algunas veces, últimamente ha venido aquí a hacer ejercicio más o menos a la misma hora que ella, pero nunca supo ni siquiera cómo se llamaba. Parece que le dio un infarto porque se agarró el pecho cuando iba cayendo, pero los doctores son los que saben de eso, ella solo sabe que ese desconocido (que no estaba feo, sólo un poco llenito, pero si seguía haciendo ejercicio eso dejaría de ser un problema, lástima que nunca le hizo la plática) cayó muerto casi al lado de ella. Cuando lo suben a la ambulancia para llevárselo de ahí ella se pregunta si será cierto eso de que cada vez que subes un escalón le aumentas cinco segundos a tu vida, y si es así, hace cuánto habría muerto él si no hubiera subido todos esos escalones.