cuando no tengo que ir a otro lado y puedo quedarme en mi casa a trabajar, entre semana, los días de clase, a eso de la una de la tarde, voy a recoger a mi hermana a la escuela. para llegar ahí tengo que atravesar avenida tlahuac, en donde desde hace meses las obras para la nueva línea de metro han estado dificultando el paso. es necesario atravesar remolinos de arena y abrirse paso entre microbuses sedientos de sangre, pero uno acaba por acostumbrarse a eso. también a los agujeros que aparecen de un día para otro donde antes había una banqueta, y con la misma velocidad que estos aparecen, los caminos de pronto ya no están y hay que buscar nuevas rutas.
obviamente, como en cada obra, hay muchos trabajadores (aún no han llegado los días en que los robots nos sustituyan a todos… aunque se acercan, ya los veo!!!) pero hay uno que me llama particularmente la atención cada vez que pasó por ahí. yo mismo no lo entiendo, no hay nada especial acerca de él, excepto por el hecho de que mientras todos los demás a esa hora están comiendo en grupos, él acostumbra estar solo. debe ser que eso lo hace saltar a la vista, como un acento de color naranja sentado en una de las jardineras, mientras los demás forman grupos tan notorios que dejan de ser acentos para convertirse en manchas. será que los demás hablan y bromean mientras él se queda con la misma expresión todo el tiempo; lo más probable es que sea por su cara de niño jugando al adulto, y no porque él quiera jugar. no sé qué sea pero cuando paso lo veo y empiezo a imaginar. veo ese puntito naranja y de pronto sé que él detesta estar ahí, imagino a sus padres amenazándolo con obligarlo a entrar a un trabajo pesado si abandona la escuela y la sensación de encierro que le hace pensar que cualquier cosa sería preferible a seguir en esas aburridas clases en las que no aprende nada porque al final del día solo las recuerda como un sueño borroso lleno de conceptos que no le interesan ni siquiera lo suficiente para guardarlos en la memoria el tiempo necesario para pasar un examen que deje a todos con la ilusión de que obtuvo un conocimiento; así que abandona la escuela, busca una forma de zafarse, que sus padres no se den cuenta de que desde hace varias semanas él ha estado perdiendo el tiempo de una forma distinta a aquella que los haría felices, pero no lo logra, y ellos le consiguen este trabajo porque conocen al jefe, y da la casualidad de que él necesita a alguien que maneje unas maquinas pesadas y peligrosas. no es muy joven para eso? es lo que se preguntarían si la sensatez no fuera ahogada por el enojo que sienten al saber, sin una sombra de duda, que su hijo está desperdiciando su vida al no seguir las instrucciones dictadas por algún ente extraño y amorfo que nadie conoce pero sabemos que debe estar en algun lado porque si no, de dónde salieron esas reglas? así que no dudan al dar su consentimiento para que este niño se vuelva operador de una máquina con nombre raro. al principio él se siente muy incómodo, pero piensa que con el tiempo se va a adaptar; sus compañeros, comúnmente hostiles con los recién llegados, se portan amables con él porque aún no ha perdido su cara de niño, pero el tiempo pasa y se dan cuenta de que sus gestos no son bien recibidos, él sigue mostrándose hostil y no parece tener intención de volverse uno de ellos, así que lo dejan en paz. es así como él llega a esta posición, tomando su hora de comida al mismo tiempo que los demás, para no obstaculizar el trabajo, pero no come con ellos porque sería aceptar que se ha vuelto un miembro de su grupo, y es algo que no soportaría. porque eso significaría que su vida a partir de este momento será repetir el mismo patrón cada día: levantarse a una hora en la que sigue dormido; ir como zombi hacia donde sea que la obra esté en ese momento, acostumbrarse a ponerse el uniforme anaranjado que detesta tanto que algunos días prefiere no usarlo, aunque se arriesgue a atraer la atención y la ira del jefe, aunque eso le reste visibilidad cuando está entre los vehículos que pasan por ahí con demasiada prisa para fijarse si se llevan entre las patas-llantas a un tipo infeliz; después de todo, quién necesita el estúpido uniforme anaranjado cuando el sol parece estar aventando brasas sobre la calle? los conductores tendrían que estar completamente ciegos o ser increiblemente idiotas para no verlo, y si ese es el caso, no lo verían aunque llevara el uniforme. y si no lo lleva, para qué ponerse el casco? ya, al demonio, hagamos el trabajo de cualquier manera y esperemos que el día no se sienta eterno como ayer, o antier, o el día anterior… o mañana, o pasado, o el día siguiente, que seguramente serán tan eternos e insoportables como este, pero es mejor no pensar en eso, mejor no pensar en nada y simplemente dejar que pase el tiempo y todo esto acabe. porque al menos todos sabemos que todo, algún día, acabará.
en eso ando cuando llego por la chofa. entonces olvido todo cuando ella corre y me abraza (cuando está de buenas, otros días solo me da su mochila y empieza a caminar, pero casi siempre es divertido el camino con ella). de regreso nos vamos por otro camino, asi que no lo vemos, y no vuelvo a recordarlo hasta la siguiente vez que paso por ahí. algun dia la obra avanzará y ya no van a estar en ese punto, por eso escribo esto, para recordarlo; sé que a él no le sirve de nada, pero de alguna forma escribir esto se sintió como lo correcto hace rato que lo ví; por eso me prometí que lo haría.
quien sabe, a lo mejor en realidad él es muy feliz, esa expresión que tiene siempre es su cara de “estoy inmensamente alegre pero si mi rostro lo reflejara estallaría en un paroxismo de felicidad!!!”, y toda la tragedia que acabo de escribir está sólo en mi imaginación. es muy probable. quien sabe, ya lo escribí.
P.D.- más de un mes sin pasearme por aqui!!! changos, se siente bien regresar.